
No cabe duda de que, más allá de la moda, el vino es la bebida alcohólica más consumida en todo el mundo. Pero para llegar a esos magníficos caldos que pueden alcanzar cifras astronómicas de dinero, detrás hay un proceso que va hasta los viñedos, donde el cuidado de la uva es extremadamente minucioso para que crezca con las mejores condiciones para luego ofrecer un vino que hará las delicias de nuestros paladares.
Sin embargo, el vino no sólo se disfruta con el sentido del gusto, como las chicas. O al menos no debería. De hecho, cuando se hace una cata en condiciones para degustar un buen vino o simplemente para captar las diferencias entre distintos tipos, el gusto es el último de los sentidos que entra en juego.
Pero sí, el paladar y las papilas gustativas son los que más disfrutan, sobre todo unos cuantos sabores más guarda el vino en cuestión. No hay nada como un vino amplio en boca para captar toda su esencia y disfrutar al máximo.
Pero lo que es seguro es que, como casi todo, el vino entra por los ojos. Pero lo más importante de todo es que el vino es, inevitablemente, el líquido que bebemos; no cabe duda de que las bodegas cada vez se preocupan más por el «packaging», y es que una botella atractiva y con una etiqueta diferente, ya sea por un diseño evocador o porque incluya datos de interés, también contribuye al deseo de pregustar el caldo en cuestión.
Además, la vista permite saber de qué vino se trata -blanco, tinto o rosado- y algunas de sus características, como puede ser la aguja o si es espumoso. Obviamente, las diferentes tonalidades también se pueden apreciar con la vista.
Tras la audición, la pituitaria hace acto de presencia. Mete la nariz en la copa para captar todas las fragancias que encierra el vino.
Tras pasar un tiempo en una barrica, todos los elementos que han entrado en juego se entremezclan, pero aun así, un olfato, entrenado y conocedor es capaz de distinguir todos los ingredientes que contribuyen a hacer de ese incluso una obra de arte (o todo lo contrario).
Evidentemente, es difícil saber captarlo todo, por lo que la cata y el aprendizaje pueden ayudarte a tener un mayor conocimiento y, como consecuencia, un mayor disfrute.
¿Y qué hay del tacto? Puede parecer que no entra en juego, pero si cogemos una taza y sentimos su temperatura, sabremos a qué temperatura se encuentra. Del mismo modo, una buena copa de vino que sea agradable a la boca y a las manos hará de la experiencia algo más pleno y satisfactorio.
No podemos olvidarnos tampoco del oído, especialmente en el momento de descorchar una botella. Sin duda, cuando quitamos el tapón a una botella de champán, la sensación del arranque de la misma está implícita, como dándonos permiso para empezar a disfrutar del líquido.
No cabe duda de que estos dos últimos sentidos juegan un papel menor a la hora de degustar un buen vino, pero si quieres vivir una experiencia completa, puedes interesarte por todos y cada uno de estos aspectos y conocer al máximo la magia de un buen vino.
Es de vital importancia compartir los momentos de degustación del vino con personas que sepan valorarlo. No tienen por qué ser puristas ni expertos en la materia, pero hay ciertos procedimientos que hay que poner en valor para maximizar el disfrute.
Lo bueno de los tiempos actuales es que se ha investigado mucho sobre el tema y, en consecuencia, podemos encontrar numerosas publicaciones, tanto en páginas web como en librerías para que el lector conozca las características y procesos de elaboración de un buen vino.
Esto permite que, a la hora de tener un caldo en la boca, el conocimiento sea mayor.
Al fin y al cabo, el vino es una afición como otra cualquiera, que no sólo nos proporciona placer en la boca (y en la cabeza), sino que bebido con moderación también tiene propiedades beneficiosas para el cuerpo humano.
Por eso, en lugar de consumirlo sin vacilar, sin pararse a disfrutar de su olor, su sabor o sus diferentes matices, lo que hay que hacer es educarse y aprender de los mejores para que la experiencia de catar un vino sea lo más completa posible.
